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miércoles, 3 de abril de 2013

Un día en la vida

(publicado en la Revista Hamartia)


“El 8 de diciembre de 1991, los presidentes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia firmaron el Tratado de Belovesh, que declaró oficialmente la disolución de la URSS ignorando al 78% de la ciudadanía que en el referéndum de marzo había votado a favor de preservarla” (Wikipedia)

 
I. Casa blanca, fiesta negra
Encabezados por el presidente de Estados Unidos, los señores de la guerra celebraban aquella noche eufórica el primer aniversario de un triunfo impresionante. No podían estar más satisfechos. La súper potencia vencida les había proporcionado con su sola existencia la oportunidad de blanquear un negocio de dimensiones infernales. Nomás los ingresos por la venta de armas acumulaban una cifra multimillonaria astronómica, compuesta en lo fundamental por los depósitos del propio presupuesto norteamericano, saqueado a razón de invertir en la defensa local y los conflictos regionales instigados para acelerar la carrera armamentista y quitarse de encima los movimientos revolucionarios de proyección socialista que prosperaban en cada rincón del planeta. Pero si bien el militar era un rubro estratégico, no era el único. Contaba también la fortuna derivada de sus medios de propaganda, que se desarrollaron infundiendo el miedo indispensable para justificar la contribución del pueblo estadounidense y diseminando las bondades de una serie infinita de productos mercantiles –gaseosas, hamburguesas, medicinas, cigarrillos, zapatillas– además de los hábitos culturales necesarios para su consumo masivo global, entre ellos el complejo fraudulento de razones que convalidan la naturaleza inmejorable del orden capitalista. En tal sentido la victoria era aplastante. Mas por si todo esto fuera poco, la rendición enemiga facilitaba ahora los planes de recuperar algunas posiciones perdidas en los años 60 y 70 a manos de Fidel Castro y sus compinches árabes. Ya estaban en marcha una ley más severa de bloqueo comercial a la isla y una nueva campaña al desierto que en su primera fase había culminado exitosa el pasado febrero, mes asimismo agitado por un inquietante alzamiento castrense de corte independentista en Venezuela, dominio bendito con la mayor reserva petrolera del mundo. Es decir que los motivos de fiesta excedían con creces la indolente caída del martillo y la hoz. Habían ganado la guerra fría, la tercera guerra mundial seguía viento en popa, Cuba pendía de un hilo y tenían combustible para rato. Y ni mencionar los rendimientos del narcotráfico, asegurados en lo sucesivo al galope de un purasangre probado como el ex gobernador de Arkansas. Bush propuso un brindis: “Camaradas: ¡Viva la Unión Soviética!”. Las carcajadas se oyeron desde la vereda.
 
 
 
II. Ciencias exactas
Vista al microscopio, la imagen apoteótica de semejante desenlace presentaba sin embargo los gérmenes de una revancha formidable. Analicemos si no dos muestras tomadas el mismo día, martes 8 de diciembre de 1992, al sur del hemisferio. La primera de ellas pertenece a un grupo de estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba que dicha jornada rindieron examen de “sociología” en un aula de la Escuela de Ciencias de la Información. Tras las notas excelentes obtenidas en sus evaluaciones parciales, el último requisito para aprobar la materia era exponer de forma oral la bolilla del programa que ellos escogieran. Todos, sin excepción, comparecieron ante la mesa eligiendo explicar el funcionamiento de la sociedad desde el punto de vista de Marx y de Gramsci, y todas sus libretas salieron coronadas por la firma de un perfecto 10 (diez). Los profesores sabían por experiencia que estos autores aventajaban al resto en las preferencias finales del alumnado, que demostraba asimilar sus conceptos con mucha más facilidad. El promedio general de calificaciones nunca dejaba dudas al respecto. Lo curioso de la ocasión fue que el hecho se reprodujera esta vez en el momento más desfavorable a la vigencia práctica del socialismo, cuando una inmensa porción de naciones, partidos y figuras que hasta entonces se identificaban con sus ideales estaban siendo azotados en público por el látigo despiadado de la historia. A contramano con la opción teórica seleccionada, varios de aquellos jóvenes veían incluso con buenos ojos el flamante proceso de privatización de las empresas estatales argentinas.
 
III. Martes
La segunda muestra procede de un calabozo del penal de San Francisco de Yare, donde  el comandante de paracaidistas Hugo Chávez aprovechó aquella misma mañana del martes 8 de diciembre de 1992 para continuar la lectura y relectura de su colección de libros escritos en la cárcel: “Don Quijote de la Mancha”, de Cervantes; “Himno a la picota”, de Daniel Defoe; “De los nombres de Cristo”, de Fray Luis de León; “Cuadernos de la cárcel”, de Antonio Gramsci; “Historia general de las drogas”, de Antonio Escohotado; “Mi lucha”, de Adolfo Hitler Pölzl; “Poemas de las 22-23 horas”, de Nazim Hikmet Ran; “Fanny Hill”, de John Cleland; y “La historia me absolverá”, de Fidel Alejandro Castro Ruz. Mientras tanto siguió puliendo el “Proyecto de gobierno de transición” y el “Anteproyecto Nacional Simón Bolívar”, que habían dado origen programático a la sublevación del martes 4 de febrero. En horas de la merienda lloró uno por uno a los compañeros perdidos, quienes llegaron sin falta como cada tarde volando a través de la ventanita. La compañía entera le reiteró con firmeza la convicción de su apoyo. Segundos antes de que apagaran las luces del presidio, los soldados se ajustaron las mochilas y formados en fila frente a la ventanita, tras despedir con una venia al comandante, fueron saltando uno tras otro de vuelta en dirección al cielo. Sentado al borde del catre el jefe abrió su biblia, tomó su crucifijo y reemprendió en silencio la labor meticulosa de abrir en la oscuridad de la celda el gran túnel de su fuga. Antes de acostarse se detuvo mirando hacia la estrella del sur, y llevándose la herramienta al pecho confesó arrepentido sus ruegos de muerte, puesto que aún requería del tiempo irredento suficiente para llevar a cabo su cometido, y “después –pidió– que sea donde y cuando tú me llames, quizás en la tarde serena de un martes”.
 

IV. Argentina desencadenada
El 8 de diciembre del 2030 se cumplieron cincuenta años de la muerte de John Lennon, cuyo esclarecimiento concluyó en el 2021 durante los Tribunales Generales del 11-S, que dictaron la sentencia póstuma de un selecto grupo de ex empresarios, políticos y agentes de la desaparecida CIA, entre ellos el ex presidente Bush, director de la central en 1980. El llamado Juicio del Siglo condenó de igual modo por éste y otros múltiples asesinatos a su padre y sus dos hijos. En el transcurso de un almuerzo celebrado en la Casa Blanca, el actual presidente y los diputados del Partido Comunista de Norteamérica resolvieron ese día enviar al congreso unicameral de los Estados Unidos el proyecto de ley de anexión a la “Big Patria”, que fue redactado en español y dedicado “al pueblo de Cuba y al primer aniversario de la reconstitución formal de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.
La presidenta argentina, de 77 años, tan bella como siempre y en la plenitud de su sexto mandato, descansó aquel domingo dedicada a la pesca con mosca en un recodo de la Laguna de Lobos. Desde allí felicitó a los líderes de ambas naciones y atendió el llamado efusivo del gobernador malvinense y sus pares de Chile, Uruguay y Venezuela: Camila Vallejo, Víctor Hugo Morales y Nicolás Maduro. Ella misma se comunicó con Israel, donde la Comunidad Unida de Medio Oriente (المجتمع وحدة الشرق الأوسط) se hallaba reunida para homenajear a Golda Meir. Al caer la tarde emprendió sola un paseo hacia el pueblo, donde la esperaban con un asado para festejar la reciente fundación del Partido Único de la Revolución, que distintas fuerzas comenzaron a forjar al calor de las asambleas populares organizadas por la militancia para la campaña electoral del tremendo e inolvidable año 13. Al doblar por la ruta se hizo de noche. A lo lejos se miraban ya las luces del centro. Buscó como de costumbre la Cruz del Sur, y apenas ubicarla se descostilló de la risa rememorando aquella vieja cita nocturna en las semanas posteriores al retorno, saliendo de una unidad básica de La Plata, cuando Kirchner le contó que después de ganar las elecciones del 46 el general había denominado así al Partido, y advertido de su sorpresa, imitando a Favio, le dijo: “En serio, nena. Te quiero, te quiero… ¿Me das un beso por la patria socialista?”. Acurrucada en el recuerdo y apurando el paso repitió: “Hola nariz… ¿Qué año no?”. Conducidas por su presidente, un matemático nicaragüense de ascendencia libia, las estadísticas de la ONU confirmarían muy pronto las previsiones de que Argentina ganaba en 2030 el premio “Howard Fast”, una especie de Oscar científico que cataliza el cruce de distintas variables socioeconómicas. Una de las categorías más notables indicó que el total de los 100 millones de habitantes argentinos emplearon sus vacaciones de invierno  para viajar al exterior. Los principales destinos turísticos fueron los países limítrofes, Centroamérica, México, Europa, Ucrania, la Bengala Indochina y África. Las últimas dos ojivas nucleares fueron desactivadas simbólica y respectivamente el 6 y 9 de agosto en Hiroshima y Nagasaki. El equipo médico plurinacional destacado en Titicaca comprobó la efectividad de la vacuna contra el cáncer, sintetizada a partir de los descubrimientos odontológicos obtenidos al investigar la epidemia sufrida por los demonios de Tasmania. En Oslo y Marambio se registraron en abril los primeros síntomas de recomposición de la capa de ozono y los hielos polares. El Mundial de Fútbol volvió a disputarse en Argentina, donde dirigido por “La doble M” el seleccionado albiceleste conquistó su cuarto título, que no ganaba desde Brasil 2014. Cristina entró al pueblo secándose las lágrimas y guiada por las humaredas agarró por la Juan Perón hasta la plaza.
Días más tarde, 17 de diciembre del 2030, y martes, el avión presidencial Tango Ernesto Che Guevara aterrizó en el aeropuerto de Comalapa. La mandataria fue recibida al pié de la escalera por el ex comandante guerrillero José Luis Merino del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, alias “Ramiro”, quien le dio la bienvenida en nombre de su amado pueblo y le agradeció por haber elegido a El Salvador para celebrar la boda. Esa noche acudieron juntos a la Catedral Metropolitana de Monseñor San Óscar Arnulfo Romero, donde Amalia y el Papa Francisco se casaron finalmente a la edad de 94 años. La gira culminó el 5 de marzo del próximo año en Caracas. Ella arribó radiante, vestida con las típicas prendas multicolores mayas, trayendo un ramo de flores y la pluma real que había encontrado en los bosques aledaños a la Antigua Guatemala, mientras fotografiaba bandadas de quetzales, aves sagradas hasta entonces consideradas extintas. De regreso al país, como en el 2013, aquel verano acabó demasiado temprano.

Juan Bautista Echegaray
19 de Marzo del 2013 y martes

 
 

domingo, 1 de enero de 2012

En una estación de buen tiempo

George y Alice Smith bajaron del tren en Biarritz un mediodía de verano y antes que pasase una hora ya habían ido del hotel a la playa, se habían metido en el mar y habían salido a tostarse en la arena.

Al ver a George Smith quemándose allí, tendido, abierto de brazos y piernas, uno hubiera pensado que era sólo un turista que había sido traído en avión, fresco, congelado como una lechuga, y que pronto sería trasbordado. Pero aquí estaba un hombre que amaba el arte más que la vida misma.

-Vaya... –suspiró George Smith.

Otra onza de transpiración se le escurrió por el pecho. Evapora el agua corriente de Ohio, pensó, y luego bebe el mejor bordeaux. Deposita en tu sangre rico sedimento francés, ¡y verás con ojos nativos!

¿Por qué? ¿Por qué comer, respirar, beber todo francés? Porque así, con el tiempo, empezaría a entender realmente el genio de un hombre.

Se le movieron los labios, formando una palabra.

-¡George? –Su mujer asomó sobre él.- Sé lo que pensabas. Puedo leerte los labios.

George Smith no se movió, esperando.

-¿Y?

-Picasso –dijo Alice.

George Smith se estremeció. Algún día ella aprendería a pronunciar ese nombre.

-Por favor –dijo Alice-. Descansa. Sé que oíste el rumor esta mañana, pero tendrías que verte los ojos..., ese tic otra vez. Bueno; Picasso está aquí, en la costa, a pocos kilómetros, visitando a unos amigos en una aldea de pescadores. Pero tienes que olvidarlo o te arruinarás las vacaciones.

-Desearía no haber oído nunca ese rumor –confesó George Smith.

-Si por lo menos te gustaran otros pintores –dijo Alice.

¿Otros? Sí, había otros. Podía desayunarse satisfactoriamente con las peras otoñales y las ciruelas de medianoche de las naturalezas muertas de Caravaggio. Para el almuerzo: esos girasoles de Van Gogh, retorcidos, chorreando fuego, esas flores que un ciego podría leer pasando rápidamente los dedos chamuscados por la tela en llamas. ¿Pero el gran banquete? ¿Los cuadros que le reservaba a su paladar? Allí, cubriendo el horizonte, como un Neptuno naciente, coronado de algas, alabastro, y coral, y blandiendo pinceles como tridentes en los puños de uñas de cuerno, y con una cola de pez suficientemente grande como para derramar lloviznas de verano sobre todo Gibraltar... ¿quién, si no el creador de Mujer delante de un espejo y Guernica?

-Alice –dijo George Smith pacientemente-, ¿cómo explicártelo? Viniendo en el tren pensé: Señor, ¡es todo territorio de Picasso!

¿Pero era así realmente?, se preguntó. El cielo, la tierra, la gente, los ruborosos ladrillos rosados aquí, los balcones de espirales de hierro azul eléctrico allá, una mandolina madura como una fruta en las manos de mil huellas digitales de algún hombre, jirones de carteleras que volaban como confetti en los vientos nocturnos..., ¿cuánto era Picasso, cuánto George Smith que miraba fijamente alrededor con apasionados ojos picassianos? Renunció a una respuesta. Aquel viejo había destilado trementinas y aceite de linaza tan enteramente a través de George Smith que los líquidos le habían modelado el ser, todo período azul a la caída de la tarde, todo período rosa a la hora del alba.

-He estado pensando –dijo George Smith en voz alta-, si ahorramos dinero...

-Nunca tendremos cinco mil dólares.

-Ya sé –dijo George serenamente-. Pero es hermoso pensar que podemos reunirlos un día. ¿No sería magnífico ir a verlo y decirle: "Pablo, ¡aquí tienes cinco mil! Danos el mar, la arena, aquel cielo, o cualquier cosa vieja que se te ocurra, y seremos felices..."?

Pasó un rato y Alice le tocó el brazo.

-Sería mejor, me parece, que ahora te metieras en el agua –dijo.

-Sí –dijo él-. Sería mejor.

Un fuego blanco subió derramándose cuando George Smith cortó el agua.

A la tarde, George Smith salió del mar y entró en el mar con los vastos y rebosantes movimientos de la gente ya sofocada, ya fresca, que al fin, al dclinar el sol, con colores de langosta, de gallinas de Guinea y de pollos asados en los cuerpos, regresó trabajosamente a sus hoteles de tortas de bodas.

La playa fue un desierto de innumerables kilómetros y kilómetros. Sóo quedaron dos personas. Una era George Smith, con la toalla al hombro, preparado para un último acto de devoción.

Lejos en la costa otro hombre más bajo, cuadrado de hombros, caminaba a solas en el día tranquilo. Estaba muy tostado, el sol le había teñido casi de color caoba la afeitada cabeza, y los ojos claros le brillaban como agua en la cara.

El tablado de la playa estaba armado; pocos minutos más y los dos hombres se encontrarían. Otra vez el Destino arreglaba las escalas de los sobresaltos y las sorpresas, las partidas y las llegadas. Y entretanto los dos caminantes solitarios no pensaban un solo instante en coincidencias, en esa corriente sumergida que se demora junto al codo de un hombre en toda multitud en toda ciudad. Ni consideraban que si un hombre se atreve a sumergirse en esa corriente sale con una maravilla en cada mano. Como la mayoría, se encogían de hombros ante tales locuras y se mantenían bien lejos de la orilla, no fuera que el Destino los arrastrara.

El desconocido estaba solo. Mirando alrededor vio su soledad, vio el gua de la hermosa bahía, vio el sol que se deslizaba por los últimos colores, y luego, volviéndose a medias, descubrió en la arena un pequeño objeto de madera. No era más que el delgado palito de un exquisito helado de limón, fundido hacía mucho tiempo. Sonriendo, recogió el palito. Con otra mirada alrededor, para confirmar su soledad, el hombre se agachó de nuevo, y sosteniendo suavemente el palito, con leves movimientos de la mano, se puso a hacer eso que sabía hacer mejor que ninguna otra cosa en el mundo.

Se puso a dibujar increíbles figuras en la arena.

Trazó una figura, y luego se adelantó, y todavía con los ojos bajos, totalmente fijos en su trabajo ahora, dibujó una segunda y una tercera figura, y luego una cuarta y una quinta y una sexta.

George Smith venía imprimiendo sus pisadas en la línea de la costa y miraba aquí, miraba allá, y de pronto vio al hombre. George Smith, acercándose, vio que el hombre, muy quemado por el sol, estaba inclinado hacia delante. Más cerca aún, y ya se veía qué hacía el hombre. George Smith rió entre dientes. Por supuesto, por supuesto... Solo en la playa este hombre -¿De qué edad? ¿Sesenta y cinco? ¿Setenta?- hacía monigotes y garabatos. ¡Cómo volaba la arena! ¡Cómo los disparatados retratos se confundían en la playa! Cómo...

George Smith dio otro paso y se detuvo, muy quieto.

El desconocido dibujaba y dibujaba, y no parecía sentir que alguien estuviese detrás de él y del mundo de sus dibujos en la arena. Estaba ahora tan profundamente hechizado por su creación solitaria que si unas bombas de profundidad hubieran estallado en la bahía, la mano volantes no se le hubiera detenido, ni él hubiese vuelto la cabeza.

George Smith miró la arena y luego de un rato, mirando, se puso a temblar.

Pues allí en la arena lisa había figuras de leones griegos y chivos mediterráneos y doncellas de carnes de arena como polvo de oro y sátiros que tocaban cuernos tallados y niños que bailaban derramando flores a lo largo y a lo largo de la playa con corderos que brincaban detrás y músicos que se precipitaban a sus arpas y sus liras, y unicornios que llevaban a jóvenes a prados, bosques, templos en ruinas y volcanes lejanos. A lo largo de la costa, en una línea ininterrumpida, la mano, el punzón de madera de este hombre que se inclinaba hacia delante, febril, goteando sudor, iba y venía en curvas y cintas, enlazaba encima y arriba, adentro, afuera, hilvanaba, susurraba, se detenía, se apresuraba luego como si esta móvil bacanal debiera florecer del todo antes que el mar apagara el sol. Veinte, treinta metros o más de ninfas y criadas y fuentes de verano manaron en desenredados jeroglíficos. Y a la luz moribunda la arena tenía un color de cobre fundido donde ahora se había grabado un mensaje que cualquier hombre de cualquier tiempo podría leer y saborear a lo largo de los años. Todo giraba y se posaba en su propio viento y su propia gravedad. Ahora los pies danzantes teñidos de sangre de uvas de las hijas de los viñateros exprimían vino, ahora mares humeantes daban nacimiento a monstruos acuñados como monedad, mientras que cometas florecidas esparcían perfume en nubes que se llevaba el viento... ahora... ahora...

El artista se detuvo.

George Smith dio un paso atrás, apartándose.

El artista alzó los ojos, sorprendido, pues no esperaba encontrar a alguien tan cerca. Luego, inmóvil, se quedó mirando de George Smith a sus propia creaciones, extendidas como pisadas ociosas camino abajo. Sonrió al fin y se encogió de hombros como diciendo: Mira lo que he hecho, ¿has visto qué niño? Me perdonarás, ¿no es cierto? Un día u otro todos hacemos tonterías... ¿Tú también quizá? Así que permítele esto a un viejo loco, ¿eh? ¡Bien! ¡Bien!

Pero George Smith no hacía más que mirar al hombrecito de piel oscurecida por el sol y ojos claros y penetrantes, y al fin se dijo a sí mismo el nombre del viejo, una vez, en un susurro.

Los dos hombres estuvieron así quizá otros cinco segundos. George Smith con los ojos clavados en el friso de arena, y el artista observando a George Smith con divertida curiosidad. George Smith abrió la boca, la cerró, alargó la mano, la recogió. Dio un paso adelante hacia los dibujos, dio un paso atrás. Luego se movió a lo largo de la línea de figuras como un hombre que contempla una preciosa serie de mármoles de alguna antigua ruina caídos en la costa. No parpadeaba. La mano deseaba tocar, pero no se atrevía a tocar. George Smith quería correr, pero no corría.

Miró de pronto hacia el hotel. ¡Corre, sí! ¡Corre! ¿Qué? ¿Traer una pala, excavar, salvar un pedazo de esta arena que se desmenuza demasiado? ¿Encontrar un albañil, arrastrarlo aquí de prisa con un poco de yeso para sacar un molde de un frágil trozo? No, no. Tonto, tonto. ¿O...? Los ojos de George Smith se volvieron chispeando hacia su ventana en el hotel. ¡La cámara! Ráido, tómala, tráela, y corre a lo largo de la costa, y clic, clic, y cambia la película, y clic, hasta que...

George Smith se volvió hacia el sol, que le ardió débilmente en la cara. Los ojos de George Smith fueron dos llamas pequeñas. El sol estaba hundiéndose en el mar, y mientras él miraba desapareció del todo en unos pocos segundos.

El artista se había acercado y ahora contemplaba la cara de George Smith con mucha simpatía, como si estuviese leyéndole todos los pensamientos. Ahora asentía con breves movimientos de cabeza. Ahora el palito de helado se le había caído casualmente de los dedos. Ahora decía buenas noches, buenas noches. Ahora se iba, caminando playa abajo, hacia el sur.

George Smith se quedó mirándolo. Pasó un minuto, y luego hizo lo único que podía hacer. Partió del principio del fantástico friso de sátiros y faunos y doncellas que se bañaban en vino, y de unicornios, y de jóvenes flautistas, y caminó lentamente por la playa. Hizo un largo camino mirando la bacanal que corría libremente. Y cuando llegó al fin de los animales y los hombres, se volvió y caminó de vuelta en la otra dirección con los ojos bajos como si hubiese perdido algo y no supiese bien dónde podía encontrarlo. Siguió así hasta que no hubo más luz en el cielo o en la arena.

George Smith se sentó a cenar.

-Llegas tarde –dijo su mujer-. Tuve que bajar sola. Estaba hambrienta.

-No importa.

-¿Nada interesante en tu paseo?

-No.

-Estás raro, George. ¿Te alejaste mucho nadando y casi te ahogas? Te lo veo en la cara. Te alejaste demasiado de la costa, ¿no es cierto?

-Sí –dijo George Smith.

-Bueno –dijo Alice, mirándolo con atención-. No lo hagas otra vez. Vamos, ¿qué quieres comer?

George Smith volvió la cabeza y cerró los ojos un momento:

-Escucha.

Alice escuchó.

-No oigo nada –dijo.

-¿No oyes nada?

-No. ¿Qué es?

-Sólo la marea –dijo George Smith al cabo de un rato, sentado a la mesa, con los ojos todavía cerrados-. Sólo la marea que sube.


Ray Bradbury








viernes, 29 de abril de 2011

Paradoja de Tristram Shandy

Tristram Shandy, como todos sabemos, empleó dos años en historiar los primeros dos días de su vida y deploró que, a ese paso, el material se acumularía invenciblemente y que, a medida que los años pasaran, se alejaría más y más del final de su historia. Yo afirmo que si hubiera vivido para siempre y no se hubiera apartado de su tarea, ninguna etapa de su biografía hubiera quedado inédita. Hubiera redactado el centésimo día en el centésimo año, el milésimo día en el milésimo año, y así sucesivamente. Todo día, tarde o temprano, sería redactado. Esta proposición paradójica, pero verdadera, se basa en el hecho de que el número de días de la eternidad no es mayor que el número de años.

Bertrand Russell
"Mysticism and Logic" (1917)
Traducido y publicado por
Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en
"Cuentos Breves y Extraordinarios" (1973)

martes, 27 de octubre de 2009

Una checa

De ser un viajero curtido hubiera llevado conmigo una guía turística, con sus mapas detallados y toda la información indispensable. Me hallaba en la punta de la península de Yucatán. ¿Cómo llegar entonces desde ahí hasta El Salvador dándome el gusto de asomarme por un país de habla inglesa? Los relojes de la terminal de ómnibus de Cancún daban las diez de la mañana. Sobre un planisferio multicolor que indicaba poco más que las capitales del mundo, marqué la línea que debía atravesar Belice.
Había partido de Buenos Aires hacía una semana. Cancún era la bisagra en la ruta de mi pasaje: Buenos Aires/Cancún/Habana/Cancún/Buenos Aires. De ida hacia Cuba aguanté allí cuatro horas de aeropuerto que habría olvidado por completo de no mediar el hecho de que estaba en México, y porque cuando el barman me preguntó si deseaba “chiles jalapeños” para debutar con los tacos, dije que sí. Nadando apeteciblemente en la vinagreta de su frasco parecían inofensivas lonjas de ají. Le zampó tres a cada taco. Aunque saqué fuerzas de adentro para no toser fue inevitable derramar algunas lágrimas, pero a lo macho me terminé el avispero hasta el último aguijón.
Los siete días en La Habana transitaron entre una casa de protocolo y el departamento que tiene la Mechi en los monoblocks del barrio La Timba, cerca de Plaza de la Revolución. Al son de mi vagar por las calles resquebrajadas del período especial giraba dentro del walkman el London conversation de John Martyn.
A la vuelta de Cuba arrancaba la aventura propiamente dicha, la de navegar Centroamérica por tierra. Con mi boleto hasta Chetumal –capital del Estado de Quintana Roo, en el límite con Belice– aquel lunes 1° de marzo de 1999 cumplí una vieja promesa y salí por la bonita vecindad a comprarme “una torta de jamón”.
Mi metro ochenta y cuatro no encontró manera de acomodar las piernas. Por compañera de asiento me tocó una canadiense que pronto se bajó en Tulum, no sin antes recomendarme la parada. Como a las seis de la tarde, bastante maltrecho por la catramina, llegué a destino, y nomás desembarcar me estaba aguardando la suerte. Mientras consultaba el cronograma de salidas se me acercó una señorita que, medio en español medio en inglés, me dio a entender que era la azafata de un bus que ya zarpaba para Belice City, llegando esa misma noche. Significaban otras seis horas de contorsionismo, pero qué conexión tan magistral para desperdiciarla.
Y empezó realmente bien ese cortísimo viaje. Entretanto unos farmers de piel gringa y sombreros de paja ocupaban sus lugares, el chofer subía el volumen del reggae beliceño. “Belice, allá voy” apunté entusiasmado en mi diario. A los veinte minutos un río dividía las fronteras. Con los sellos de salida de la patria del Chavo cruzamos el puente, pero la arisca suerte no. Se me quedó riendo desde la otra orilla. En la siguiente aduana un negrísimo guardián me comunicó que no podía pasar sin visa. Le expliqué lo que me habían dicho en la agencia de viajes: “But in my country they told me that I don´t need visa to come here”. “Yes –replicó señalándonos a ambos con el índice– but your country and my country are two different countries”.
Me tuve que devolver en taxi hasta Chetumal. A conseguir hotel primero, a merodear un rato después, y a consumar la noche empinando latas de cerveza en el cuarto, a puro onanismo inspirado por unas minúsculas revistitas picarescas que son muy populares entre los mexicanos. Cerrando una historieta, la voluptuosa caricatura en cuatro patas cedía con deleite a los rufianes, aullando: “Dense un quemón!!!”
Al día siguiente me dirigí al Consulado, desembolsé los 30 dólares de entrada a Belice, y reembarqué. Creo que esta vez no crucé el río solo. En el camino fui reconociendo que la arquitectura del paisaje era como la de esos pueblos del Mississipi que me eran familiares del cine. Me fascinó el cuerpo y la piel morena de una jugadora de hándbol que se sentó a mi lado. Estuve dispuesto a bajarme con ella en su páramo y no me guardé las intenciones. Lo gracioso del trayecto fue un personaje parecido a Samuel Jackson (el compañero de Travolta en Pulp Fiction) a quien de repente le dio por asustar al grito de “¡Booh!” a un pasajero que presumo lo observaba con insolencia.
Éramos cuatro los extranjeros en busca de cambio y sin saber dónde alojarnos al arribar a Belice City: una chica de la República Checa, otra alemana, su hijo y yo. Nos agrupamos, adquirimos dólares locales y resolvimos ir al mismo albergue de mala muerte. Como de todos modos no era barato, con la checa decidimos compartir habitación. Se llamaba Martina, como su famosa paisana Martina Navratilova. Escogidas las camas le cedí el primer turno de la ducha y salí a fumar al balcón. Desde la vereda otro afroamericano me ofreció mariguana. Mi audacia ignoraba las crónicas de homicidio que más tarde nos contaron los huéspedes veteranos de la posada. Me mandé al bar de enfrente, y por un verde billete de cinco dólares beliceños recibí envuelto en papel un verde puñado de césped recién podado. Eso sí, me rehusé a invitarle una cerveza. Era de noche cuando salí con las chicas y el muchachito hasta un restaurante que quedaba a media cuadra. Ya nos habían advertido del peligro.
Pedí pollo frito. Aunque torpe, no fue ruda la alemana cuando se declaró asombrada de mi pobre inglés, que más que humilde carecía de toda práctica. La checa le recordó que ella no hablaba español. Pronto el niño tuvo sueño y me ofrecí para escoltarlos a su pieza. De regreso en el restaurante accedí con mucho gusto a pagarle la cena a una lugareña que no andaba en buena racha. Suficientemente bebidos y charlados, bajo la luna del balcón a Martina y a mí no nos quedó más que besarnos. No era linda. Era mujer, era de otro país, era grandota, rubia, me aceptaba.
Por la mañana salimos a pasear los cuatro y desayunamos con vista al puerto de pescadores. Luego por mi cuenta me escurrí entre las fachadas de madera y las galerías coloniales al estilo de la Habana Vieja. La ciudad, ubicada en la desembocadura al Mar Caribe del río Belice, fue capital de la Honduras Británica hasta que en 1970 el centro político se mudó a Belmopan. El país ya había adoptado el nombre del río cuando en 1981 se independizó de Inglaterra, aunque sigue siendo miembro de esa extensa comunidad de naciones conocida como “Commonwealth”, con la reina Isabel II a la cabeza.
En algún recoveco de lo que en siglos pasados supo ser nido de piratas y corsarios, intercambié miradas poco amigables con el traficante de pasto, pero no pasó a mayores y continué sacando fotos de gente desconocida. Una de ellas no fue furtiva. Se la tomé a un joven rastafari que a la solicitud me regaló su rostro y su cabellera posando con una onda igual de inmensa y bella.
Caminando a solas consideré que ya era miércoles, que para cubrir las elecciones presidenciales de El Salvador tenía previamente que ubicar a mi contacto, que era preciso estar ahí antes del domingo. Llevaba un día de retraso, y aunque era feliz me sentí algo intranquilo. Una hora de avión separaba esa sensación de su contraria. Volar en una máquina de tiempo era la solución y no dudé en usar la tarjeta dorada con el relieve de mi nombre. Al final de la jornada me iría a dormir en San Salvador.
El resto del equipo llevaba el rumbo de Guatemala vía el paso de Melchor de Mencos. Los horarios y la dirección de nuestros respectivos muelles coincidían. Fui el primero en bajar del taxi de la despedida. Claro que en la intimidad de la siesta ya nos habíamos dicho adiós con la checa. Un par de veces.



martes, 13 de octubre de 2009

Fideleff


A Eduardo Fideleff lo conocí en alguna casa de Olivos el mismo domingo que atravesé un ventanal volando. Calculo que fue a mediados de los setenta, porque yo no tendría ni diez años. Mis padres y los Fideleff se habían conocido a través de la Gringa Lara, una amiga en común de la que no he vuelto a saber desde hace mucho
 
Entre las pocas imágenes que conservo del almuerzo están los grandes charlando, bebiendo y riendo en el comedor, ambientados por una luz de invierno que llegaba desde el patio trasero. Los niños jugábamos en la habitación calefaccionada que las hijas del matrimonio anfitrión tenían en la planta superior. Desde allí me veo bajando las escaleras a una velocidad infantil y encarando hacia la puerta corrediza que dividía la cocina del patio. Traicionado por mi astigmatismo, y con un envión extraordinario, me lancé hacia el aire libre como un pequeño superhéroe. El estallido del vidrio fue espectacular, y la conmoción del almuerzo tal como si un meteorito hubiera caído a escasos metros del asado

Pese al estupor generalizado aterricé sin un rasguño, y de los momentos posteriores guardo el más tierno recuerdo de mi madre. Sentados en una cama del cuarto de las nenas, donde los menores habíamos estado chivateando hasta minutos antes, con el alivio taciturno que había sucedido al susto ella me acariciaba el pelo. Mientras, abajo recogían mortíferos pedazos de vidrio y se buscaba la manera de aplacar el espanto
 
Los fines de semana que íbamos de los Fideleff permanecen iluminados en la oscuridad del tiempo por un resplandor inconfundible de soles dominicales. Se mudaron varias veces, y con ellos su hospitalidad, los asados, las conversaciones sobre política, los rigurosos ejércitos de ajedrez apostados en el living. Como siempre vivieron en la provincia, para visitarlos hubo que tomar hasta tres colectivos, coger el tren, y en cierta época atravesar una larga cancha de fútbol al final del trayecto. Las medialunas más ricas que haya probado se compraban en una panadería cerca de la casa donde traspasé la ventana, sobre una ancha avenida del Gran Buenos Aires en cuyas vitrinas han quedado estampados el sabor crujiente del hojaldre y aquel brillo solar, todo envuelto por docenas en papel de confitería
 
Mi simpatía por Eduardo y su familia se mantuvo intacta durante los años en que los encuentros familiares se fueron haciendo más esporádicos y poderosas tormentas sacudían el barco de mi adolescencia. No es sino hasta el ingreso a la universidad que Fideleff vuelve a entrar en escena para convertirse en un personaje fundamental de mi vida
 
Con bombo y platillos, yo había anunciado mi decisión de entrar a la carrera de medicina, para lo cual debía aprobar primero el Ciclo Básico Común, u obstáculo “nivelador” que la reforma educativa de los radicales impuso a partir de 1986. El invento obedecía a la necesidad de contener las nuevas camadas estudiantiles, desamparadas por un presupuesto estatal saqueado para justificar y ampliar los negocios de la empresa privada hacia otros rubros, entre ellos la enseñanza
 
Uno de los trabajos obligatorios del CBC consistía en enfrentar una vez más a la dura y noble Química, que yo había derrotado sin problemas a mi paso por la escuela técnica. Pero en el cuadrilátero universitario la quimera me sorprendió con la guardia baja. O mejor dicho: desde los jardines de infantes, pasando de grado, subiendo de peso y altura hasta el sexto escalón de secundaria, yo había conquistado la bandera en todas las categorías, pero a los 18 años mi conducta educativa estaba agotada. Debí aprovechar el final de aquella mano para hacer una pausa en el juego y salir a estirar las piernas, cuestión de volver a la baraja del futuro con la suerte fresca. Pero entre los compañeros de un colegio de clase media baja argentina la pregunta de graduación no era precisamente “¿Adónde te pensás ir?”, sino “¿Qué vas a seguir?”. “Por el momento nada”, o “¡Música!”, responderé la próxima vez
 
Mas cometí el error de continuar sin mediar tregua en los laberintos de la educación nacional. Viéndome perdido en Creta, mi vieja agarró al toro por las astas y le llamó a Raquel Fideleff, esposa de Eduardo. Yo no sabía que nuestro viejo amigo era Licenciado en Química, ni que había sido jefe de laboratorios del famoso Sanatorio Güemes, o que a punto estuvo de asumir el decanato de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA justo antes de la dictadura. El tipo mandó a decir que encantado se ofrecía para colaborar en la fuga de mi dédalo atómico
 
Me pareció una idea excelente. Así fue como después de varios años y una hora en el colectivo 32, un sábado lluvioso por la tarde me bajé en Lanús Oeste y toqué por vez primera el timbre de la casa de la calle Zuloaga
 
Raquel me recibió y me hizo pasar directo al garage que a falta de auto se había convertido en estudio. En la penumbra de aquel interior pasado a libros y humos tabacales, por encima de unos anteojos de lectura reconocí el vistazo felino de los ojos de Eduardo. Centrada en aquella cordillera bibliográfica que revocaba los confines del estacionamiento hasta bien entrado el corazón del hogar, y al trono de una larga mesa de madera que obraba de escritorio, su abundante figura de melena y barbas blancas evocaba un Santa Claus de entrecasa, un Carlos Marx de las pampas dado a fumar con brío cigarrillos de marcas baratas: Derby, Belmont, Colt

La situación económica de los Fideleff había desmejorado desde su renuncia al puesto del Güemes, presentada a lomos del frustrado proyecto de irse con todo y familia a trabajar a Mozambique. Sobre los escombros del estilo de vida anterior a la ilusión africana se levantó el garage escuela de la calle Zuloaga, donde Fideleff me dio la bienvenida en el equivalente francés de mi nombre,“Jean Baptiste”, como me llamaría siempre

 
*

Desde luego que entre las primeras memorias despertadas por el reencuentro no faltó la antigua travesura

–Al día siguiente –recordó– fui a la vidriería para reponer el ventanal. Al hacer mi pedido y comentar el incidente, el vendedor se mostró algo apenado por lo que dedujo había terminado en una tragedia. “No, mire –le aclaré yo– lo vengo a pagar con gusto porque al muchacho no le pasó absolutamente nada. Fue algo prodigioso”. Pero en fin, Jean Baptiste, veamos qué te trae por acá
 
Cuando le mostré el programa me paseó un poco por sus días de estudiante. Laburaba a la par de las aulas, y por cada tema se compraba un libro: “Tenés que estudiar de manera que al llegar al examen te sentás, prendés un pucho, y echando una mirada a la hoja decís por lo bajo: Pero qué pavada me está preguntando maestro...”
 
Seguí yendo semana a semana. Llegaba los sábados por la tarde, trabajábamos en el garage, cenábamos en la cocina y me quedaba a dormir en Lanús. Además de las milanesas con arroz blanco que preparaba Raquel, sus pizzas, la fascinante plática de Eduardo, me seducía también la compañía de la mayor de las hijas, Rebeca, con quien nos arrimábamos después que los demás se hubieran acostado
 
Un rasgo físico significativo del Fideleff de por entonces era su reducida movilidad. Apoyado en su bastón, el hombre se erguía y caminaba con suma dificultad desde que un accidente automovilístico le había destrozado las caderas. Debió ocurrir durante la época de distanciamiento con mis padres, y era en realidad el principal inconveniente que lo marginaba de los laboratorios, para beneficio del barrio. En la mesa de Zuloaga se prepararon desde niños perseguidos por las aritméticas elementales hasta bochos aspirantes al prestigioso Instituto Balseiro, un campus de excelencia ubicado en Bariloche. Con Raquel trabajando de enfermera, las lecciones generaban el ingreso fundamental de la casa. Pero la presencia del profesor Eduardo fue ganando notoriedad y terminó dándole clase a medio vecindario. Desde temprano en la mañana hasta el umbral de la noche, la muchachada de Lanús Oeste iba y venía por Zuloaga estibando tareas, teoremas y ecuaciones. Eduardo los alivianaba con una grúa didáctica que no variaba de altura así se tratara de un pibe, un adolescente o un adulto. El cargamento era depositado sobre dársenas de papel, donde manipulado por una caligrafía numérica exquisita se lo descomponía y ordenaba con sus soluciones en las bodegas de la razón
 
Como gustaba describir a su amigo el Gordo Studenesky, Fideleff era también “un jugador de ajedrez empedernido”. Con la misma avidez ejercitada en los días de estudiante había coleccionado una tonelada de tratados sobre aperturas, medio juego, finales y lo que uno quisiera acerca de los grandes maestros. Al igual que millones de apasionados del tablero se confesaba devoto total de Bobby Fischer, y por cierto que un alto admirador de Anatoly Karpov y la URSS. Gozaba imaginándose asimismo un feliz ciudadano ruso al cabo de un día cualquiera: “Volver a casa, tomar unos vodkas mientras se calienta la cena, reproducir una partida de ajedrez publicada en el Pravda. ¿Qué más se puede pedir?”. Yo apostaría que en ese preciso instante, con el alma agobiada por el frío soviético, un hombre apellidado “Fidelev” se fabulaba otra vida al otro lado del mundo
 
El cuatrimestre terminó y aprobé Química de taquito. En el próximo vencimos codo a codo la gravedad de la Física, y por mi cuenta estrangulé a las Ciencias del Conocimiento y la Política. Hacia el final del verano, Química Biológica era el único monstruo pendiente entre yo y el ingreso. Pero tras aquellas vacaciones en San Juan yo volví anclado a la mujer que a bordo de una alfombra mágica me condujo por su cuerpo al primer cielo, en otro gran salto a través del invisible. De vuelta en Buenos Aires, en pleno febrero, no podía concentrarme en nada que no fuera fraguar mi retorno a su bendito túnel
 
Sin embargo un domingo me presenté en Zuloaga y vacié mi mochila a lo largo de la mesa. Pasmado ante el kilaje y la frondosidad de las fotocopias, al enterarse de la fecha del test –a la mañana siguiente–, mi maestro particular pronunció en veredicto una frase certera y memorable: “Jean Baptiste…Vos estás totalmente loco. Totaaalmente loco. Necesitaríamos al menos un mes para ver esto”
 
Pasaron cinco minutos de silencio, con intervalos reservados para enfatizar esa resignación: “Totalmente loco...”. Acto seguido dejamos los apuntes a un lado, otro año de universidad, y nos pusimos a hablar de minas. “Qué se yo, Jean, la mujer es otro animal”, sentenció apagando un rubio y echando prólogo a un secreto bien guardado
 
–En los días posteriores al accidente –contó– yo sufría unos dolores espantosos. El posoperatorio fue tan pero tan doloroso, que llegué hasta implorar a los doctores la administración de morfina. El efecto de la droga no sólo paralizaba el suplicio de manera instantánea, sino que me sumergía en una tempestad de sueños eróticos. En medio de esas desbocadas olas sexuales, yo naufragaba aferrado con todas mis fuerzas al cuerpo de una mujer real. Era una enfermera a quien había conocido años atrás en el sanatorio. Recobrado el conocimiento, su imagen seguía flotando sobre la resaca brumosa del calmante. Se me antojó verla. Raquel no lo sabe. Se la había presentado a mi amigo el Gordo Studenesky y habíamos salido los tres juntos en más de una ocasión. Al dejar de frecuentarnos experimenté cierto consuelo en la buena salud de mi pareja, pero no conseguí entender jamás la fórmula de su adiós. Cuando el Gordo me vino a ver al hospital le pedí por favor que la encontrara y la trajera. Pero Studenesky no logró ubicarla por ningún lado, y es el día de hoy que pienso en ella y la sigo cortejando entre los sueños que me quedan
 
Ya no volvimos a preparar materias. Al cabo de otros dos años malgastados en el empeño medicinal tuve un acierto y cambié la ciudad por el pueblo a orillas de los Andes donde nací. Y de donde volví a emigrar meses más tarde rumbo a Córdoba, endamado con la reina del lugar y planes de reanudar estudios superiores, ahora en periodismo y comunicación social. Por consiguiente las visitas a los Fideleff quedaron restringidas a mis escapadas a Buenos Aires, dos o a lo sumo tres veces al año. Si mis ganas de adentrarme en el conurbano bonaerense no eran las mejores, no dejaba de llamarlos. Él seguía apoltronado con sus alumnos y sus cigarros baratos. Si bien no alcancé a ponerla en práctica, tuve la idea de filmar un cortometraje donde él hiciera de Marx. Lo veía sentado en un banco de Plaza de Mayo, reflexionando con humor sobre la actualidad argentina, explicando la verdad de la economía política y discutiendo acerca del Diego. Cuando en Argentina se puso de moda pegarle mucho y feo a Maradona, él medio que también se prendió. Pues otra característica de Eduardo, a decir verdad la más indispensable, era su contextura natural de hincha de Ríver, y llevaba grabadas con un tajo rojo las dos virtudes millonarias: la lucidez y la arrogancia. Claro que en lo concerniente al Diego le asomaba también ese lado patán del genio riverplatense. En una oportunidad, apurando mi vino le dije: “Cuando hizo el segundo contra Inglaterra, por primera y única vez desde el accidente vos te paraste con absoluta normalidad para aplaudir y gritar como un loco, e incluso por varias horas tuviste la impresión de que ese gol te había tallado una cintura nueva, ¿sí o no?”. Con convicción científica, asintió con la cabeza y corroboró: “Sí, por supuesto, así fue”
 
 
*
 

Por lo general iba a verlos yo solo. Una vuelta me di el gusto de llegar acompañado por mi novia y mi hermano. Después de la cena se imponía una exhibición de sus talentos de oratoria y lo animé a relatar alguna anécdota del género ajedrecístico, que era mi favorito. Estaba por ejemplo aquella de cuando en el Güemes hizo su residencia médica el campeón argentino, quien completó la pasantía examinando preparados mientras deleitaba jugando simultáneas de espalda a los empedernidos tableros del sanatorio. Otra anécdota había tenido lugar en la casa ubicada al final de la cancha de fútbol:
 
“Ese fin de semana esperábamos la visita de una chica de Córdoba que venía a jugar un campeonato de ajedrez en el club de Olivos del cual éramos socios. El sábado, bien temprano, agarré el auto y la fui a recoger a la terminal. Aunque no lo esperábamos, la jugadora bajó del micro en compañía de su hermano mayor, un muchacho educado y silencioso que tendría unos quince años. Como en casa las nenas ya habían arreglado su cuarto para compartirlo con la cordobesa, al hermano lo acomodamos sin ningún problema en la habitación de huéspedes. Desayunamos con medialunas y nos fuimos todos al club para el inicio del torneo. Resulta que aquel sábado por la noche yo tenía programado un match muy importante junto con mi amigo el Gordo Studenesky y otro par de compinches. Nos enfrentaríamos con un equipo de cuatro abogados que gozaban de excelente reputación entre los círculos ajedrecistas que él frecuentaba. Pero cuando volvemos del club, al caer la tarde, recibo una llamada del Gordo diciéndome que se nos ha engripado el segundo tablero. Studenesky era el primero, yo el tercero. Por lo tanto yo pasaba a jugar contra un contrincante en hipótesis más fuerte. La urgencia era encontrar reemplazante para el tablero vacío, algo que en el crepúsculo del sábado se tornaba complicado. ¿Quién podía ser? En vano revisé mi agenda e intenté hacer un par de llamadas. Estaba saliendo de la ducha cuando volvió a sonar el teléfono: el Gordo avisaba que un sobrino suyo se ponía la camiseta suplente. Tras unas formidables pizzas de Raquel que los cordobeses devoraron con ostentoso beneplácito, partí para el certamen”. Aquí el relato se trasladaba directamente al campo de batalla:
 
“Me tocaron las blancas, y a peón 4 rey, mi temible oponente, el Dr. Benko, respondió peón 3 caballo de la reina, produciéndose la Defensa Ufimtsev. Durante mucho tiempo se la llamó Irregular, y se estimaba que las blancas conseguían bastante ventaja. Pero el gran maestro yugoslavo Pirc y el gran maestro soviético Ufimtsev la investigaron en profundidad y demostraron que las negras podían usarla perfectamente”

La reproducción y el comentario de la lucha contagiaron de entusiasmo a su audiencia. A Raquel y a mí tanto como de costumbre. Fideleff condujo con prudencia el avance de sus peones; no aceptó tomar el peón 4 rey en la jugada 13; en la 15 se opuso al avance del peón negro en 4 alfil del rey; cuatro movimientos después plantaba la torre en 6 alfil y dejaba sin salvación la retirada del caballo negro. Las negras abandonaron en la movida 21. “¿Dirías que fue tu mejor partida?”, le pregunté. “Yo creo que sí lo fue”, respondió sin quitar la mirada del momento cuadriculado de felicidad que la rendición rival había dibujado para siempre
 
“Studenesky cayó derrotado y también su sobrino. En el otro partido hicieron tablas. O sea que con mi punto del honor terminamos perdiendo 2½ a 1½. De vuelta en casa me chupé un whisky y me acosté entre muy contento por mi perfomance y algo amargado por la derrota del equipo. El domingo transcurrió en el club, al calor del evento y las parrilladas. Por la noche los chicos se durmieron temprano. El lunes a la mañana, antes de llevar a los hermanitos a la terminal, hicimos todos juntos un desayuno de despedida. La cordobesa había congeniado muy bien con mis hijas, pero el silencioso muchacho seguía sin pronunciar palabra. En el diario Clarín, la sección Deportes publicaba una partida por el campeonato provincial de Córdoba
 
–¿Conocés a estos jugadores? –pregunté al joven mencionando el nombre de los contrincantes
–El ganador es mi hermano –respondió en su acento con badenes. Algo aturdido por la respuesta me saqué lentamente los anteojos...
–¿Cómo…? ¿Y vos también jugás? –Para mi estupefacción, el hermano mudo cantó en mediterráneo:
–Sí, yo soy campeón juvenil de Córdoba
La había tenido ahí. El sábado a la noche había tenido la victoria comiendo muzzarellas y mirando tele hasta altas horas de la noche, alojada en mi propia casa”


 
*
 
Uno de los últimos almuerzos que compartimos juntos fue un domingo de Boca Ríver, en Zuloaga: “Jean Baptiste, vení, no tengas miedo. Van a ganar”, vaticinó en el convite. Boca ya lucía el equipazo que se encaminaba a conquistarlo todo, con Guillermo, Martín y los colombianos. “Viejo...”, balbuceó cuando Gallardo erró un penal para Ríver. Después del cero a cero le gané una partida dificilísima a uno de sus alumnos y me despedí antes de las pizzas de Raquel
 
Los finales de su vida fueron de lo más interesantes. De improvisto, un contrato con una petroquímica apareció para reintegrarlo a su añorada jungla de pipetas, reactivos y matraces. Por si fuera poco, para su traslado hasta el Dock Sud la compañía le proporcionó un desvencijado Peugeot 505 que Fideleff montaba tras una serie de pacientes fintas de cadera. El carro, que a pesar de una vida de maltratos conservaba cierta elegancia, restituyó a su vez el estudio a su empleo original como estacionamiento. Vaya a saber qué se hizo la larga mesa de madera donde alguna vez le pedí que me dijera cuál de todas las ciencias le parecía la principal, y contestó “supongo que la matemática, porque es aplicable a todo”
 
El regreso al oficio y al volante lo redimieron y rejuvenecieron de tal forma que de pronto, de un día para el otro, se despidió de la provincia de Buenos Aires y se marchó una temporada a Epuyén, en el sur hippie, muy cerca del Instituto Balseiro. Sé que allá disfrutó como nadie de la vida comunitaria de los artesanos, de su pan casero, y del aire y los lagos puros y celestes como los ojos que Fideleff le heredó a su primer nieto, hijo de Rebeca, con quien se dedicó a contemplar ocasos patagónicos a lo Padrino en su huerta

A su gran amigo el Gordo Studenesky la aguja le cayó antes que a él. Nunca llegué a conocerlo personalmente
 
Lo de Eduardo comenzó con un infarto cerebral, ya de vuelta en Lanús Oeste. Aunque resistió la descarga y no le aflojó a los cigarros baratos, se hizo evidente que el grosor de su lenguaje había mermado. Cuando hablábamos por teléfono, la charla vivaz de antes se limitaba ahora al estacato: “Qué tal”, “Qué hacés”, “Bueno”
 
La última intervención notable que le registro aconteció en la cocina de Zuloaga, ahí donde había festejado una docena de campeonatos de Ríver Plate, el mundial 86, e innumerables noches de sábado estiradas meta tinto hasta las peleas de fondo del boxeo. Ahora era Raquel la voz cantante. Le gustaba hablar de su marido, de “Fideleff”, como también solía llamarlo, y en la corriente de su amor podía escucharse el lamento maternal de una sociedad que libra sus mejores hijos a la fortuna comercial, a una competencia propietaria obsoleta, estúpida y perversa. En el diagnóstico contable de la salud de Eduardo, Raquel hizo mención a un detalle de importancia: una si bien no impetuosa todavía decente actividad de alcoba. Instantáneamente lo miré a Eduardo, que seguía con atención las palabras de su mujer. Con un rápido movimiento de cabeza me miró fijo y agregó: “Qué va hacer viejo…”
 
Cuando murió yo recién había vuelto de Noruega. Desde Lanús lo llevamos a un crematorio por Lomas de Zamora. Mientras esperábamos las cenizas, de súbito comprendí mi derecho de asomarme al infierno y pedí pasar. Poco acostumbrados a la presencia espía de seres vivientes, los diablos se mostraron algo incómodos, pero me abrieron la puerta. El temido lugar resultó ser muy parecido a un taller o una carpintería. Sí señor: el infierno es un galpón con un inmenso horno metálico en el centro. El féretro destapado estaba listo para entrar. Los ojos cerrados, la barba y la melena blanca, mi querido amigo se aprestaba a ofrendar su cuerpo ante el poderoso mate de la reina negra. Entonces no me emocioné, como ahora que lo recuerdo. Simplemente hice algo que quería hacer, antes de recibir la cajita caliente con su polvo de ángel e irnos todos a comer a un diente libre frente al bingo de Lanús. Ver una vez más a Fideleff, que arremetía decidido hacia las llamas

Juan Bautista Echegaray
San Salvador, El Salvador, 2005