Lo primero que se necesita para ser un buen
artista es un gran corazón. Eso es lo que guía su trabajo, su educación, su
disciplina y su perfomance. No hay otro método. Es el único. Ahora bien, ocurre
además que el corazón mismo es un lugar de laburo, aprendizaje, organización y
prueba. Es un círculo virtuoso. Del corazón al taller y del taller al corazón. Cuanto
más clara esté el alma respecto de sus fines y cuanto más entrenadas y distendidas
tenga las alas, los poderes de la inspiración podrán viajar cada vez más lejos,
cada vez más cerca del amor eterno, la canción perfecta y el público.
En ese grado de escuela se encuentran hoy el
actor Manuel Santos Iñurrieta y su grupo teatral El Bachín. Dicho logro
vocacional y conceptual queda de manifiesto una vez más en esta nueva obra,
titulada “Mientras cuido de Carmela”, que se presenta los jueves a las 21.30 en
el Centro Cultural de la Cooperación. La escena se compone para la ocasión con
dos protagonistas centrales, el payaso y la beba, más un pupitre, una máquina
de escribir (o compu) y un elemento constante entre las herramientas semióticas
de Iñurrieta: el timbre de mesa que su personaje toca para cortar, pegar y
enfatizar los sucesivos segmentos del monólogo. Digo bien: “su” personaje. Se
trata de un payaso que, libreto tras libreto, reaparece para engullir el
misterio de la sala dentro de un remolino de malabares circenses donde las
palabras hechan fuego por la boca, donde todo puede convertirse en palomas y
donde cada paso se da en lo alto de la cuerda floja.
En el post de promoción comentaba que la
genética del payaso está notoriamente concebida a partir de las figuras de
Alberto Olmedo, José Marrone, Pepe Biondi y Charles Chaplin. Olvidé mencionar a
Tato Bores. Pero a diferencia de aquel, la filosofía política que aquí se
mastica no tiene el gusto amargo del ironista coyuntural, tan diestro como estéril,
sino la gracia sabrosa del pensador autocrítico que alimenta al espectador con
un reflejo reconfortante y motivador. Porque la beba que el payaso cuida para
juntar unos mangos mientras intenta escribir (“En 300 años seré millonario”)
somos nosotros y es él. “Si no me equivoco no aprendo”, se reitera para sí. Le
está enseñando a vivir a la nena, y la nena somos nosotros. Y esto vale de
refilón muy en particular para aquellas personitas tan tontitas y malcriadas que
gatean por la vida política –y la vida en general– a puro berrinche, encerradas
en la grandilocuencia estúpida de su nombre y su corralito de consignas, marcando
los errores de otros.
Lo primero que se necesita para ser un gran
artista es un buen corazón. Uno que sea capaz de hacerse nuestro mejor amigo, como
ese que siempre nos entiende y apoya. Uno capaz de amar cada pequeña cosa. Una
taza, una manta, un par de medias, una luna fría, el mes de junio. Uno capaz de
escuchar más y monologar sólo cuando está solo o arriba de un escenario. Uno
como el que nace cuando nace un hijo, una sobrina. Uno como el del uruguayo
Víctor Hugo Morales, el mejor periodista de la Argentina, quien no pasa una
sola noche del año sin asistir a algún evento artístico. Me pregunto si ya
habrá visto “Mientras cuido de Carmela”. Si no, que alguien se la recomiende.
JBE
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